jueves, 3 de enero de 2008

Holgura(Juan Urrutia) Y Ciegamente hacia la burbuja(PAUL KRUGMAN)

Holgura

Publicado en Expansión, martes 2 de octubre de 2007.

No hay idea más interesante que este auto-sostenimiento del sistema de
mercado; pero cuando uno la piensa en toda su profundidad no hay más
remedio que reconocer que, en ausencia de otras instituciones que le
dotaran de holgura, ese sistema de mercado es de una fragilidad tal que
bien podría estar simbolizada por la implosión de las torres gemelas al
derretirse sus varillas arquitectónicas maestras, algo no del todo ajeno al
posible derrumbe del sistema financiero al desaparecer la confianza...

Ahora que acabamos de conmemorar el sexto aniversario del atentado de las
torres gemelas se me ocurre que hay una extraña relación entre el nuevo
terrorismo, la estructura de mercados y esa innovación financiera que
resulta no ser independiente de la crisis por la que atravesamos.

El hilo conductor de esa relación pasa por la holgura, una noción económica
que nunca se explícita y que, sin embargo, es central para la manera de
pensar específicamente económica. Los economistas saben algo de ella de
forma implícita a través del examen de la programación lineal.

Imaginemos un problema típico, el de maximizar una función de bienestar
social con sujeción a las restricciones de recursos de acuerdo con las
cuales lo que se necesita de cada bien para producir la cantidad de uno
determinado de acuerdo con una función de producción de coeficientes fijos,
ha de ser menor o igual que la cantidad disponible. De este problema
matemático surgen unas constantes, llamadas precios sombra, que son unos
indicadores de la escasez social y solucionan el problema dual de
minimizar, a esos precios, el coste de producir, con la tecnología
indicada, un nivel dado de bienestar social.

Lo interesante de ese ejercicio de introducción a las matemáticas para
economistas es que, cuando uno de esos precios sombra es cero, quiere
decir, no que no haya que pagar por él, sino que es socialmente abundante
ya que un pequeño incremento de en su cantidad no nos sirve para
incrementar el bienestar. En términos de holgura diríamos que, en lo que
concierne a ese recurso en particular, no tenemos que preocuparnos mucho ya
que, en definitiva, una pequeña perturbación de su cantidad disponible no
va a cambiar la asignación de bienes. Es decir que, en presencia de esa
holgura, la asignación de bienes (que es lo que les preocupa a los
economistas) deja de ser frágil. Que la holgura nos defiende de la
fragilidad es la idea que quiero exponer en este artículo. Más en concreto,
lo que pretendo es aplicar esa intuición económica de la holgura tanto al
terrorismo de nuevo cuño como a la crisis financiera que vivimos.

Respecto al nuevo terrorismo suicida que hace su presentación en el
atentado de las torres gemelas de NY me gustaría recordar algunas ideas de
pensadores bien conocidos, El ya fallecido Baudrillard nos remite, en
L'esprit du terrorism, al suicidio del propio sistema que muestra su
fragilidad y a la banalidad del mal que muestra que el sistema no solo es
frágil sino también transparente. Por otro lado Temblores de Aire. En las
fuentes del terror de Peter Sloterdijk, sugiere cómo el terrorismo hoy es
la prolongación inevitable de la tecnología de la manipulación del medio
ambiente que permite eliminar las condiciones de vida de cualquiera y de
todos.

No hay pues refugio frente a ese terrorismo de la misma forma que no hay
abrigo en la guerra total asociada a la movilización total de Jünger: seas
lo que seas estás movilizado y no te queda espacio para la persecución de
tus objetivos individuales. Retengamos esas categorías de fragilidad,
transparencia, saturación y movilización total que parecen caracterizar a
una sociedad como la nuestra en la que surge el terrorismo suicida. En
ninguno de los autores citados se habla de holgura; pero me parece obvio
que la parte agónica de sus ideas tiene que ver con su falta.

¿Qué tiene que ver esto con la Economía? Aparentemente nada; pero, además
de la noción técnica de holgura que ya he introducido, hay algunas nociones
abstractas y profundas de la manera de pensar económica que reciben nueva
luz de estas consideraciones filosóficas y nos vuelven a confrontar con
dicha holgura. A continuación me referiré a dos de esas nociones que
corresponden a dos características definitorias de una economía en sentido
teórico: la racionalidad y el mercado.

Respecto a la primera ya he expresado en alguna ocasión mi opinión nada
favorable sobre el diseño como una sobredosis de racionalidad ya que en él
todo tiene su función y no hay nada arbitrario. La moraleja es que hay que
ser sabios, no sólo racionales, para saber prescindir del uso de la escueta
racionalidad funcional en aras de una reserva de capacidad creativa a
ejercer en circunstancias no previstas. La racionalidad excesiva que yo
asociaba al diseño, y que hoy asociaría a la transparencia total, podría
generar otra vez una enorme fragilidad. La holgura es pues necesaria.

Con relación al mercado paso ahora a describir las ( relativamente) nuevas
ideas que conforman la trama de lo que ha dado en llamarse estructura
(in)completa de mercados. La manera convencional de tratarla comenzaría por
suponer que, además del conjunto de individuos, están dados el número de
mercancías y de empresas, cada una de estas últimas con su tecnología
propia que especifica cómo unas mercancías de las dadas se convierten en
otras mercancías de las dadas.

El problema es encontrar un vector de precios, uno para cada mercancía
dada, una asignación de bienes para cada consumidor y un plan de producción
para cada empresa dada, tales que cada consumidor maximice su utilidad
sujeta a su restricción presupuestaria y cada empresa maximice su beneficio
desde su tecnología. En esta descripción convencional la estructura de
mercados es completa, es decir todos los mercados (spot, de futuros o
contingentes) están hoy operativos de forma que el tiempo no juega ningún
papel.

Si la estructura de mercados fuera incompleta, es decir si hoy no
existieran todos los mercados, el tiempo importaría, las expectativas
contarían y el número y naturaleza de empresas y mercancías debería ser
endógeno. Si se forma un cierto conjunto de coaliciones productivas
(empresas) tendremos un cierto conjunto de mercancías; pero sí se formara
un conjunto distinto de coaliciones productivas el conjunto de mercancías
disponibles será distinto. En una situación así, que contraste con la
convencional, cualquier cambio en gustos o en tecnología acarrea un cambio
en el conjunto de mercancías disponibles. Como los cambios tecnológicos
pueden ser el resultado de la labor innovadora, nos encontramos en
presencia de la destrucción creativa de Schumpeter. De acuerdo con el
cambio tecnológico algunas empresas desaparecerán mientras nacen otras que
nos proporcionarán, a través de las nuevas mercancías que producen, un
mayor bienestar. Pues bien, si esta mejora continua es posible, es porque
no hemos agotado en la práctica el catálogo de bienes concebibles que
existen en el cielo platónico: la movilización nunca es total, ni el
espacio esta saturado, hay holgura.

Para terminar veamos que estas ideas son aplicables a la crisis financiera
de este verano y que continúa ya entrado el otoño. La fragilidad y la
transparencia, la saturación del espacio y la movilización total son
categorías que no pocos economistas asociaríamos intuitivamente al sistema
económico con estructura completa de mercados. Lo interesante es que nos
acercamos poco a poco a esa situación, gracias o a causa de, la innovación
financiera que, a través de la proliferación de productos derivados, va
completando la estructura de los mercados ya que los nuevos mercados
financieros son equivalentes a los mercados contingentes para entregar una
mercancía en una fecha futura o en una contingencia determinada.

Fiarlo todo a los mercados, como en un modelo con estructura completa de
mercados, parece como un arriesgado número de circo efectuado sin red, es
decir como sostenido únicamente por la interacción entre los propios
mercados que, por su parte, no se sostienen en nada externo a ellos. A mi
juicio no hay idea más interesante que este auto-sostenimiento del sistema
de mercado; pero cuando uno la piensa en toda su profundidad no hay más
remedio que reconocer que, en ausencia de otras instituciones que le
dotaran de holgura, ese sistema de mercado es de una fragilidad tal que
bien podría estar simbolizada por la implosión de las torres gemelas al
derretirse sus varillas arquitectónicas maestras, algo no del todo ajeno al
posible derrumbe del sistema financiero al desaparecer la confianza.

En resumen, que llevar las cosas a sus extremos aunque esos extremos sean
atractivos, tal como son las ideas de transparencia o el desideratum de la
estructura completa de mercados, tiene el peligro de la fragilidad y de la
saturación que acaban no dejando espacio a la autonomía personal
precisamente porque ponen en peligro la solidez del sistema justamente por
la falta de holgura.

Juan Urrutia

Ciegamente hacia la burbuja
PAUL KRUGMAN

Cuando anunció la rendición de Japón en 1945, el emperador Hirohito explicó genialmente su decisión como sigue: ``La situación bélica se ha desarrollado no necesariamente para ventaja de Japón.

Hubo una sensación con un marcado estilo Hirohito en la explicación que Ben Bernanke, gobernador de la Reserva Federal, dio esta semana para la decisión de la dependencia de tapar el pozo después de ahogado el niño en cuanto a la industria de las hipotecas: ``En algunos casos, la disciplina del mercado se deterioró, y en ocasiones se erosionaron los incentivos para seguir procedimientos prudentes para los préstamos''.

Vaya que si eso es un eufemismo. De hecho, la explosión de los préstamos para vivienda ''innovadores'' que se hicieron a mitad de esta década fue un desastre absoluto.

Sin embargo, quizá Bernanke tuvo miedo de ser directo sobre qué tan mal salieron las cosas. Después de todo, una forma franca de decir las cosas habría equivalido a una increpación directa contra su predecesor Alan Greenspan quien hizo caso omiso de súplicas para que tapara el pozo mientras el niño no andaba por ahí, es decir, que regulara los préstamos cuando estaban en auge en lugar de después de que ya se habían colapsado.

Uso las palabras ''desastre absoluto'' en forma deliberada.

Los apologistas de la industria hipotecaria dicen, al igual que Greenspan en su libro nuevo, que ''los beneficios de más cantidad de propietarios de vivienda'' justificó los riesgos de préstamos no regulados.

Sin embargo, no se amplió la propiedad de viviendas. La mayor cantidad de dudosos préstamos de alto riesgo se hizo de 2004 a 2006 --y no obstante, los índices de propiedad ya están de vuelta en los niveles de mediados de 2003. Dada la probabilidad de millones más de ejecuciones hipotecarias, es una apuesta buena que la cantidad de propietarios será más baja para finales del gobierno de Bush de lo que era al principio.

Entretanto, durante los años de la burbuja, la industria hipotecaria engañó a millones de personas para pedir prestado más de lo que podían pagar, y simultáneamente embaucaron a inversionistas para invertir sumas enormes en valores riesgosos mal etiquetados como AAA. Estimaciones razonables indican que más de 10 millones de familias estadounidenses terminarán debiendo más del valor de sus casas, y los inversionistas tendrán pérdidas por 400 mil millones de dólares o más.

Entonces, ¿dónde estaban los reguladores cuando se desarrollaba uno de los desastres financieros más grandes desde la gran depresión? Estaban cegados por la ideología.

''La Reserva encogió los hombros mientras se generalizaba la crisis de los préstamos de alto riesgo'', fue el titular de un artículo del New York Times sobre el fracaso de los reguladores para regular. Esto pudo haber sido un comentario sarcástico discreto sobre la historia de Greenspan como discípulo de Ayn Rand, la alta sacerdotisa del capitalismo sin restricciones conocida por su novela Atlas Shrugged.

En un ensayo de 1963 para la gaceta de Rand, Greenspan rechazó por considerarla un mito ''colectivista'' la idea de que los empresarios, libres con sus propios recursos, ''intentarían vender alimentos y drogas no seguros, valores fraudulentos y edificios mal hechos''. Por el contrario, declaró: ``es en su interés personal que cada empresario tenga una reputación de hacer tratos honestos y tener un producto de calidad''.

No es de sorprender, entonces, que desechara advertencias sobre prácticas engañosas en los préstamos, incluidas las de Edward M. Gramlich, un miembro del consejo de administración de la Reserva Federal. En el mundo de Greenspan, los préstamos depredadores --como los intentos por venderle a los consumidores juguetes envenenados y mariscos contaminados-- simplemente no suceden.

Sin embargo, no fue sólo Greenspan el único funcionario de alto nivel que puso la ideología por encima de la protección al público. Considérese la conferencia de prensa del 3 de junio de 2003 --justo más o menos el momento en el que los préstamos de alto riesgo empezaban a salirse de control-- para anunciar una nueva iniciativa orientada a reducir la carga regulatoria sobre los bancos. Representantes de cuatro de las cinco dependencias gubernamentales responsables de la supervisión financiera usaron tres tijeras de esquilar para atacar un montón de documentos de regulaciones bancarias. El quinto representante, James Gilleran de la Oficina de Supervisión del Ahorro, blandía una sierra.

También asistieron representantes de asociaciones comerciales de la industria financiera, que habían estado cabildeando en favor de la desregulación. Hasta donde puedo decir a partir de los artículos en la prensa, no hubo representantes de los intereses de los consumidores en la escena.

Dos meses después de ese suceso, la Oficina del Contralor de la Moneda, una de las tres dependencias que blandieron las tijeras de esquilar, actuaron para exentar los bancos nacionales de las regulaciones estatales que protegían los consumidores contra préstamos depredadores. Si, por decir, el estado de Nueva York quería proteger a sus propios habitantes, bueno, qué pena, no estaba permitido.

Claro está que ahora que todo ha salido mal, la gente que tiene vínculos con la industria financiera se está replanteando su creencia en la perfección de los mercados libres. Greenspan ha salido a defender, sí, un rescate gubernamental. ''Hay efectivo disponible'', dice --que significa dinero de los contribuyentes-- ``y deberíamos usar eso en grandes cantidades, conforme sea necesario, para resolver los problemas de la tensión que hay en esto''.

Dado el papel de la ideología conservadora en el desastre hipotecario, es desconcertante que los demócratas no hayan sido más agresivos respecto a convertir el desastre en un tema de las elecciones del 2008. Deberían asumir la actitud: es difícil imaginar una demostración más gráfica de lo que está mal con las creencias económicas de sus oponentes.

© The New York Times News Service

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